Rituales de gran valor
Las experiencias personales de cada individuo son únicas, valiosas y acordes con la frecuencia en la que vibra. Otra persona en mi lugar lo habría vivido todo de forma completamente distinta. Cada cual tiene su propio camino, su propia historia y sus experiencias previas, que le dan forma y desde las que se relaciona con el mundo. Y cada cual acoge —cuando se entrega al flujo natural del Dao— todo cuanto sucede en su vida a su propia y singular manera.
Además de los rituales habituales de la mañana y de la tarde, en el templo también participé en rituales de ofrenda y bendición, rituales para liberar a los espíritus errantes, rituales de purificación y de elevación cósmica de las almas. Algunos rituales también se celebraron delante del templo y al aire libre, en la parte inferior del recinto.
A partir del lunes, 6 de julio de 2026, cuando conocí al maestro Song durante el almuerzo, todos los rituales cambiaron, pues fue él quien dirigió la mayoría. La energía de los rituales que viví en su presencia me pareció mucho más intensa, profunda, cargada y «electrizante». Esto no significa que los rituales de los demás maestros no fueran intensos, pero en aquellos sentí una conexión energética más fuerte con las divinidades. A veces la energía casi me arrastraba: no podía mantener los ojos abiertos y, al mismo tiempo, me llevaba hacia mi interior.
Uno de los rituales de ofrenda estuvo dedicado a Doumu Yuanjun (斗姆元君), la Madre Cósmica, madre del Carro del Norte, una de las diosas más veneradas, que cuida de todos los seres y posee una compasión inconmensurable. De ella surgen las nueve estrellas del Gran Carro, que regulan el destino y la longevidad de todos los seres. En el daoísmo temprano no tenía una representación antropomórfica, sino que encarnaba la función del orden cósmico —el sistema operativo del universo— que determina el tiempo, el destino y el ciclo vital expresados en los diagramas del Gran Carro.
Curiosamente, yo no sabía a qué divinidad estaba dedicado el ritual. Seguí su desarrollo y me limité a entregarme a él. Sentí una energía envolvente; no podía mantener las manos junto al abdomen, como es habitual, sino que durante todo el ritual las mantuve junto al corazón. También las reverencias fueron más sentidas y profundas, y la energía me conmovió tan hondamente que lloré a intervalos.
Sentir el contacto de lo divino, al menos así lo viví yo, fue algo completamente nuevo, profundo e indescriptible. Solo al terminar el ritual supe a qué divinidad estaba dedicado aquel rito tan especial. Y sí, es increíble hasta qué punto un ritual puede conmovernos y llegar a lo más profundo del corazón.
Uno de los rituales estuvo dedicado a Yuanshi Tianzun (元始天尊), el Señor Celestial Primordial, el primero de los Tres Puros (三清), las divinidades supremas de la tradición daoísta. Representa el absoluto del Dao, el principio primordial anterior al surgimiento del universo manifestado. Encarna el silencio originario anterior a la creación y es la fuente pura e indiferenciada de los Cielos. Representa el potencial no nacido del Dao, la claridad anterior al pensamiento, el silencio anterior al primer aliento del universo y el trasfondo eterno de todas las cosas. En la práctica del templo, la contemplación de Yuanshi Tianzun devuelve la mente a su paz más primordial.
Durante este ritual sentí una energía espaciosa, ilimitada y expansiva. Las manos, que normalmente mantengo delante de mí, se desplazaron por sí solas hacia fuera, como si sostuviera una gran pelota o abrazara un árbol. Al terminar el ritual, que fue realmente muy largo, apenas podía mantenerme en pie; estaba mareada y salí enseguida a tomar el aire para recuperarme un poco, aunque no me ayudó demasiado. Después vino el desayuno, algo que agradecí mucho porque me había quedado sin energía. Comí bien, descansé y volví a sentirme llena de fuerzas. Comprendí que la mera asistencia a un ritual también puede ser una experiencia muy profunda, intensa y transformadora.
Asistir a un ritual para liberar un alma del inframundo fue una experiencia maravillosa para mí. Durante la primera parte sentí una compasión y un apoyo extraordinarios procedentes de la energía divina, así como la presencia constante de una gracia profunda que lo abarcaba todo. Un canto maravilloso resonaba en mi interior y entré en un estado meditativo. En la segunda parte del ritual, la atmósfera cambió: la energía se volvió más intensa, terrenal, narrativa, decidida y dirigida hacia el inframundo. Al salir a la zona situada frente al templo, durante la tercera parte del ritual, que se celebró al aire libre, en la parte inferior del recinto, percibí una energía más intensa, firme y clara, dirigida al inframundo. El ritual continuó en la parte inferior del templo, donde tuvo lugar la quema de ofrendas destinadas al inframundo y donde concluyó la ceremonia.
Siempre he percibido la música a través de las sensaciones, de la experiencia y de su carga energética, de su fuerza. Sin embargo, en el ritual musical daoísta descubrí y viví la música sobre todo como una fuente de apoyo. Sentí la profundidad de la conexión interior, de la unidad y de la fusión con lo divino y, al mismo tiempo, una plenitud que lo impregnaba todo.
Todo lo vivido profundizó, purificó y refinó tanto mi percepción del cuerpo físico como mi sensación interior, mi contacto conmigo misma. Puedo decir que asistir a los rituales durante catorce días elevó mi vibración y me transformó. Por eso no es casual que la principal característica de la música daoísta sea su capacidad para nutrir y cultivar.
Estoy agradecida al maestro Song por los profundos rituales transformadores, por toda la ayuda y el apoyo, y por toda la información adicional que recibí. Nunca antes había recibido un regalo tan valioso para mi crecimiento espiritual. Por ello, siento una gratitud inmensa y doy las gracias de corazón por todo lo que forma y seguirá formando eternamente parte de mí.
Alenka Zupan, miembro del SDT,