El daoísmo y la aspiración a la perfección
El sistema occidental de competitividad y la perspectiva daoísta sobre la acción humana representan dos lógicas bastante distintas para comprender el éxito, el esfuerzo y el valor de cada persona.
Las calificaciones, los logros, la productividad y diversos indicadores se convierten en la principal medida del valor. En un sistema así, es perfectamente comprensible que surjan una comparación constante con los demás y una presión interior por ser mejor, más rápido y más eficiente.
En este contexto, el perfeccionismo no es solo un rasgo de la personalidad, sino a menudo una consecuencia casi lógica de un entorno que clasifica continuamente y recompensa a quienes destacan.
La persona empieza a verse como un proyecto que debe optimizarse, lo que conduce a una autoevaluación constante y, con frecuencia, a la sensación de no ser nunca suficiente.
La tradición daoísta, tal como aparece en obras como el Daode jing y el Zhuangzi, cuestiona esta lógica desde sus mismos fundamentos. En lugar de partir de la idea de comparar y medir, se centra en la armonía con el Dao, es decir, con el curso natural de las cosas.
Cuando comienzan a establecerse distinciones entre «mejor» y «peor», «exitoso» y «fracasado», el daoísmo ve en ellas una fuente de tensión y conflicto artificial.
Como dice el Daode jing: «Cuando todos bajo el cielo reconocen lo bello como bello, surge lo feo; cuando todos reconocen lo bueno como bueno, surge el mal» (tiānxià jiē zhī měi zhī wéi měi, sī è yǐ; jiē zhī shàn zhī wéi shàn, sī bù shàn yǐ 天下皆知美之為美,斯惡已;皆知善之為善,斯 不善已) 1.
De manera similar, el Zhuangzi relativiza estas divisiones mediante la idea de que «esto y aquello nacen mutuamente», lo que significa que ninguna categoría posee por sí misma una validez absoluta: «Esto surge de aquello y aquello surge de esto» (bǐ chū yú shì, shì yì yīn bǐ 彼出於是,是亦因彼) 2.
Es precisamente el establecimiento de jerarquías lo que genera competencia, envidia y la obligación de actuar en contra de la propia dinámica natural. En este sentido, el perfeccionismo no es una señal de excelencia, sino a menudo de alejamiento respecto a la acción espontánea y natural.
La diferencia fundamental entre ambos enfoques se manifiesta en su forma de entender el esfuerzo. El modelo occidental fomenta la optimización: cómo ser mejor que los demás, cómo maximizar los resultados y cómo aumentar la eficiencia. En él, el esfuerzo constituye el principal medio para progresar y a menudo recibe también una valoración moral —un mayor esfuerzo implica un mayor valor—, mientras que el éxito, la fama y el dominio se convierten en objetivos implícitos de la acción.
La tradición daoísta considera que estas aspiraciones son pasajeras y engañosas, pues el apego al reconocimiento y al predominio aleja a la persona de su propia posición natural.
El daoísmo no rechaza la acción ni la destreza, pero pone el acento en la calidad del esfuerzo. El concepto de wuwei (无为, wú wéi) alude a actuar sin coacción: la acción no nace de una tensión interior ni del deseo de demostrar la propia valía, sino de la armonía con las circunstancias.
En el sentido daoísta ideal, la maestría no nace de una búsqueda tensa de la perfección, sino de una armonía prolongada, casi imperceptible, con el curso natural, en la que la acción parece realizarse prácticamente sin esfuerzo. 1 Daode jing (道德经), capítulo 2. 2 Zhuangzi (庄子), capítulo 2: Qiwulun (齐物论).
En este marco, el éxito, la fama y el dominio se entienden también como fenómenos secundarios e inestables que carecen de valor duradero propio y solo existen dentro de las diferencias relativas que el daoísmo precisamente cuestiona.
Como dice el Qingjing jing: «El espíritu humano ama la claridad, pero la conciencia del corazón lo perturba; la conciencia del corazón humana ama la serenidad, pero los deseos la perturban» (rén shén hào qīng, ér xīn rǎo zhī; rén xīn hào jìng, ér yù qiān zhī 人神好清,而心擾之; 人心好靜,而欲牽之) 3.
Si el sistema occidental concibe a menudo al ser humano como un proyecto que debe perfeccionarse continuamente, el daoísmo lo entiende más bien como un proceso que debe comprenderse y al que no conviene imponer una dirección con excesiva fuerza.
Esto no implica pasividad ni rechazo de la ambición, sino un cambio en la manera de relacionarse con ella. La ambición no es problemática en sí misma; lo problemático es la forma de perseguirla: mediante la comparación constante, la presión interior y la sensación de carencia. La perspectiva daoísta describiría ese estado como una pérdida de contacto con la medida natural de las cosas, en la que la acción se convierte en esfuerzo forzado y este, a su vez, en insatisfacción crónica.
Sin duda, el sistema occidental ha generado un grado extraordinariamente alto de progreso técnico, eficiencia organizativa e innovación, pero a menudo a costa de la estabilidad psicológica de la persona.
El daoísmo lo entendería como una señal de desequilibrio: cuando un sistema ignora los límites del ritmo natural del ser humano, surge una tensión que se manifiesta como estrés, agotamiento o una sensación constante de no estar a la altura.
En este sentido, no se trata de que un enfoque sea «correcto» y el otro «incorrecto», sino de dos lógicas distintas: una se basa en la medición y la superación; la otra, en la armonía y la acción sin imposiciones.
Si trasladamos esta diferencia a la experiencia individual, se manifiesta en la pregunta interior que guía la acción. En el marco occidental surge a menudo la pregunta de cómo ser mejor que los demás y cómo conseguir más. En el marco daoísta, en cambio, la pregunta se formula más bien así: ¿actúo de acuerdo con lo que es natural en esta situación y es mi esfuerzo fruto del curso natural o de una coacción interior?
En el primer caso, el perfeccionismo se convierte en una herramienta de progreso; en el segundo, en un síntoma de la tensión que surge cuando el curso natural se sustituye por una medición artificial del valor.