El Dao y la relacionalidad: recordar lo originario a través de la red de fenómenos:
La física moderna describe el universo como un entramado de cuatro interacciones fundamentales: la gravedad, la fuerza electromagnética, la fuerza nuclear fuerte y la fuerza nuclear débil. Estas fuerzas no son meros fenómenos separados, sino modos en que la estructura fundamental de la realidad se expresa de distintas formas. La gravedad vincula las grandes estructuras cósmicas, el electromagnetismo hace posibles la luz y la química, la fuerza nuclear fuerte mantiene unidos los núcleos atómicos y la fuerza nuclear débil hace posibles las transformaciones mediante las que se desarrolla la evolución estelar y cósmica.
Pero la pregunta sigue abierta: ¿de dónde surgen la posibilidad misma y el establecimiento de estas leyes?
Si concebimos el Dao premanifestativo, este no es una fuerza más entre las fuerzas. No forma parte del universo, sino que simboliza la condición previa que hace posible que surjan el universo y sus leyes. Representa una trascendencia no expresada de la que toma forma el uno potencial (Taiyi), del que surge el dos (yin–yang), que se despliega en la multiplicidad.
En este esquema simbólico, podemos entender los tres niveles de Sanqing como tres aspectos de un mismo proceso:
El Wuji, como principio cosmológico, está personificado en la figura de Yuanshi Tianzun, que representa el origen premanifestativo: un estado en el que aún no existe separación entre la posibilidad y su realización.
El Taiji, como principio cosmológico, está personificado en la figura de Lingbao Tianzun, que representa el principio del orden dinámico de la manifestación: el modo en que el Dao premanifestativo, mediante la primera diferenciación yin–yang, se expresa como un universo ordenado y en movimiento. Con el nacimiento de la polaridad surge una relacionalidad fundamental, pues el yin y el yang no son opuestos separados, sino que se definen y se realizan mutuamente. Este patrón de reciprocidad se prolonga en todos los niveles del mundo fenoménico, desde las estructuras cósmicas hasta la interacción de las fuerzas naturales. En este nivel surge un orden que la física describe como las leyes de la naturaleza y las interacciones fundamentales del universo.
El Bagua, como principio cosmológico, está personificado en la figura de Daode Tianzun, que representa la multiplicidad del mundo fenoménico: una red infinita de seres, acontecimientos y relaciones en la que la unidad originaria se expresa como diversidad y transformación. En este sentido, la fuerza débil, que hace posibles las transiciones y transformaciones de las partículas, también puede compararse simbólicamente con el principio de transformación expresado en el Bagua y, más tarde, en los 64 hexagramas, no como una ecuación física, sino como un patrón de cambio de los fenómenos. Por tanto, la multiplicidad no es lo contrario de la unidad. Es su expresión.
Es precisamente aquí donde cobra importancia el concepto de relacionalidad. Si todo cuanto existe es expresión de un origen común, entonces ninguna forma fenoménica ni ningún ser están completamente separados. Cada cosa del universo manifestado existe a través de relaciones: el átomo, a través de las fuerzas; el organismo, a través del entorno; el ser humano, a través de la naturaleza y la comunidad; la conciencia, a través del mundo que la rodea. La relacionalidad no es solo un vínculo entre cosas que ya existen. Es el modo mismo en que la realidad se manifiesta. Un ser no es una unidad aislada, sino un nodo de relaciones. En este sentido, la relacionalidad es el reflejo de lo premanifestativo en el mundo manifestado. Lo originario se refleja a través de la multiplicidad de las relaciones.
También el ritual daoísta puede entenderse a esta luz. El ritual ante el altar no es un acto mediante el cual el ser humano modifique el fundamento de la realidad o influya en las leyes y el orden cósmicos. Los dos sentidos más profundos del ritual son recordar y tomar conciencia. Durante un instante, el ser humano deja en suspenso la dispersión del mundo cotidiano y vuelve a tomar conciencia de la conexión de la que procede. El ritual es una posible vía para que el individuo, en medio de la multiplicidad, restablezca la conciencia de la conexión originaria. El rito no es importante por su forma externa, sus colores, sonidos o movimientos, sino por la relación que puede contribuir a profundizar. El ritual configura un tiempo en el que se puede tomar conciencia de esa relación. Sin descubrir y comprender personalmente todo esto, la práctica ritual queda vacía y se convierte en un fin en sí misma. Spinoza también lo señala: «At Religionis longe alia est ratio. Nam quandoquidem ipsa non tam in actionibus externis, quam in animi simplicitate & veracitate consistit, nullius juris neque authoritatis publicæ est. / Pero con la religión ocurre algo completamente distinto. Pues, dado que la religión no consiste tanto en actos externos como en la sencillez y sinceridad del espíritu, no es asunto ni del derecho público ni de la autoridad pública». Cita: Tractatus theologico-politicus, cap. VII, en Spinoza Opera, ed. Carl Gebhardt, vol. III, p. 117.
Más adelante escribe: «… ad hoc requiritur pia & fraterna monitio, bona educatio & supra omnia proprium & liberum judicium. / Para la vida religiosa no bastan los actos externos; se requieren el discernimiento interior, la educación y el juicio propio y libre de cada persona».
Respetar la relacionalidad significa, por tanto, respetar la estructura misma de la existencia. Al respetar lo fenoménico, no mostramos respeto únicamente por un ser aislado, por una cosa o por una doctrina institucional, sino por la relación a través de la cual se expresa nuestro origen común. Fomentar este respeto también puede considerarse un auténtico cultivo.
El universo no es solo un conjunto de cosas que interactúan entre sí. El universo es una red de relaciones a través de la cual el origen común se expresa como una multiplicidad que la relacionalidad mantiene unida.
Yuan Weiqi; rector del SDT