Primer contacto (2.ª parte)
Nunca imaginé que llegaría a vivir de verdad en un templo, dentro de una comunidad daoísta —aunque, como ya he contado, soñaba con ello y lo deseaba en mi fuero interno—, y además en China, donde perfeccionaría mi interpretación con la flauta Dizi, aprendería a tocar otros instrumentos musicales daoístas, profundizaría en el estudio de la música ritual daoísta, establecería vínculos con personas consagradas y descubriría el mundo del Dao.
Ya el primer encuentro con mi maestra, Ou Dao Daozhang, al llegar al aeropuerto de Yichun, fue tan profundo que las lágrimas de alegría comenzaron a correr por mis mejillas. Conectamos de inmediato y la sentí como una «hermana mayor» que, durante cada instante de aquellas dos semanas de formación, me transmitió con generosidad y afecto sus conocimientos y experiencias daoístas. Irradiaba sabiduría y un estado de paz que se transmitía a mí, me impregnaba y me transformaba.
Lejos del bullicio cotidiano, cerca de la cima del monte Xihuashan 囍华山 —que se traduce como «Montaña de la armonía floreciente»—, rodeado por un majestuoso bosque de bambú, se alza el hermoso e imponente templo hermano Chongdao Gong (崇道宫), del linaje Quanzhen (Quánzhēn pài 全真派).
El templo ofrece unas vistas preciosas del valle y las colinas que, como descubrí más tarde, presentan cada día una variada paleta de colores al amanecer y un juego de brumas que serpentean, se entrelazan y danzan alegremente por el valle. A veces la niebla era tan densa que solo el templo permanecía sobre las nubes, como si nada más existiera. Otras veces podían distinguirse con claridad todas las formas a lo lejos, hasta donde alcanzaba la vista. Eran momentos preciosos que, entre las obligaciones cotidianas, alegraban la mirada de las personas consagradas.
Más tarde, durante la primera semana, conocí la historia de la fundación del templo y también vi los planes para su ampliación y posterior desarrollo: resultó inspirador.
Aunque durante el viaje solo había dormido 4 horas a intervalos, al llegar al templo sentí serenidad en mi interior y, mediante la observación, absorbí cuanto percibía con los sentidos y la percepción interior. La atmósfera estaba cargada de la energía divina de una presencia sublime y todopoderosa, y cada una de mis respiraciones estaba impregnada de una profunda paz y armonía que actuaba sobre mí como un bálsamo. Perfecto.
Nada más instalarme en una habitación espaciosa y cómoda, participé en mi primer rito vespertino —antes de la puesta de sol— y, aunque todavía no entendía todo lo que cantábamos, durante el rito las lágrimas volvieron a correr por mis mejillas.
Todo ejercía su influencia sobre mí: la solemne sala ceremonial, con imponentes estatuas que parecían casi vivas y estaban cargadas de simbolismo y significado daoístas; los cantos rituales y las hermosas melodías de las canciones ceremoniales, que me impregnaban por completo; el incienso y las velas… Todo me envolvía y absorbía al mismo tiempo.
Sentí un contacto en lo más profundo del corazón, un estado en el que el cuerpo deja de existir, los pensamientos se aquietan y solo SE ES: una fusión completa en la unidad divina.
El primer contacto con cuanto viví en apenas unas horas de aquel primer día fue increíblemente profundo e intenso. Me recibieron con los brazos abiertos y me apoyaron a cada paso, tanto física como emocional, mental y espiritualmente. El «apoyo» integral que recibí superaba cuanto había conocido hasta entonces en mi estado interior, mis relaciones y mis experiencias vitales. Todo me fascinó profundamente, pues nunca había vivido nada parecido. Y a cada instante sentía una gratitud inmensa por todo ello.
Me sentía parte de un engranaje bien rodado, integrada en un grupo de veinte consagrados y consagradas que actuaban de corazón y con entrega. El contacto con cada persona era tan sutil que bastaba una mirada: el lenguaje corporal lo expresaba todo y hasta las palabras resultaban innecesarias. En aquella unidad con todo, como a través de un velo translúcido, se iban revelando gradualmente, día tras día, nuevas comprensiones del Dao, vividas con profundidad y de gran valor.
Todo era como si ya hubiera estado allí, como si ya formara parte de todo y pudiera sentirme completamente despreocupada, serena y dichosa, como un bebé que duerme plácidamente en el cálido regazo de su madre. Comprendí que aquello era para mí mucho más que un hogar.
Después llegaron días de descubrimiento, profundización, práctica intensa, aprendizaje y adquisición de valiosas experiencias. El programa era muy rico en contenidos y, pese a su intensidad, entre las actividades diarias también surgían sorpresas imprevistas pero agradables, acontecimientos que enriquecían aún más la experiencia de la vida en el templo.
¿Qué puede haber más que el hecho de vivir, experimentar y sentir cómo todo está impregnado de todo…, cuando cuanto sucede alrededor está imbuido de la profundidad de la sabiduría y de los principios y leyes que rigen todas las cosas? Inestimable, divino.
Miembro del SDT, Alenka Zupan